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Mensaje por El Hacedor el Dom Feb 02, 2014 5:47 pm

La Creación del Universo


Contrariamente a lo que solemos pensar, no fue Dios sino los ángeles quienes crearon el Universo. Sí, así como lo oyes, fueron los Elohim. Ellos fueron la primer creación del Hacedor. Los ángeles estaban divididos en Casas, según la función que debían cumplir.

La humanidad fue la creación definitiva de los Elohim, la más ambiciosa y extraordinaria.El propio Hacedor admiraba la humanidad, pero los ángeles recibieron dos últimas órdenes antes de que los Guardianes recibieran permiso para darles el aliento de vida: “Primero, les ordenó que los amáramos, que su amor por ellos fuera igual al que sentían por el propio Hacedor. Segundo, se les ordenó esconderse de la Humanidad. No debian verlos ni oírlos de ninguna manera.”

La fruta prohibida

Lejos de lo que podáis imaginar, el "pecado original" que se les carga a los humanos no fue culpa de ellos, no. Adán y Eva podían experimentar el placer físico, pero les faltaba un sentido real de la comprensión. La hermosura de sentir el estómago lleno y los pies calientes, ésos eran los límites de su comprensión. Eran inocentes como palomas, pero tenían potencial para convertirse en poetas, en sabios, en escultores y músicos. A pesar de los esfuerzos monumentales de los Elohim por intentar demostrarles a estos humanos sus potenciales, fracasaban.
Los ángeles sentían que la humanidad estaba incompleta y se propusieron completarlos debido al inmenso amor que sentían por ellos. El pecado era inalcanzable para la humanidad en ese entonces, eran los animales más avanzados pero seguían siendo animales.

El Gran Debate

Uno de los ángeles de las Esferas tuvo una premonición, la visión de un futuro oscuro para la humanidad. El resto de los miembros de su casa desestimaron la visión, pero aquél ángel buscó ayuda en sus amigos y colegas, que también se alarmaron.
El infortunio de la humanidad los atañía a todos, por el gran amor que les profesaban. La impotencia humana se convertía en su impotencia. No eran más que una sombra de su potencial definitivo mientras que a los Elohim se les prohibía servirles sin condiciones. La ignorancia los empequeñecía, desconocían su verdadero poder. Los ángeles estaban presos, no de paredes que no pudieran ver, sino de la férrea orden del Hacedor. Pero mientras Adán y Eva siguieran sufriendo trabas, ningún Elohim sería realmente libre, realmente pleno ni realmente capaz de renunciar a sus deberes de servicio y adoración. Mientras la humanidad siguiera estando incompleta, el universo permanecería incompleto.
Algo atemorizaba a los ángeles, y era que varios habían desaparecido ante la invitación del Hacedor de ver lo que él veía, de observar su Plan.
La inesperada llegada del Ángel más alto de la Casa más alta, Lucifer, estremeció a los allí reunidos; pero no pensaban que él iba a estar de su lado: "Percibo un conflicto tan evidente como violento entre estas dos órdenes. Incapaz de cumplir ambas, elijo obedecer la más alta", dijo.

La Caída

De a poco los ángeles fueron presentándose a los primeros humanos. Uno en representación de su Casa, desde la más baja a la más alta, se presentaron ante ellos, introduciéndolos a cada cosa que sucedía en la Tierra, dándoles conocimiento.
El último en aparecer fue Lucifer, ofreciéndoles un último regalo: consciencia.

La Edad de la Ira

Adan y Eva no perdieron el tiempo, en seguida se pusieron a explorar las nuevas posibilidades que se abrían ante ellos, aprovechando el conocimiento que los ángeles les seguían brindando.
Así pasaron mil años. Con el amanecer de los logros del hombre, otra Hueste Sagrada hizo su aparición, y a la cabeza se encontraba Miguel, trayéndoles el castigo del Creador a los Elohim: "Regresad a la más alta delas esferas del Cielo, donde los ángeles vengadores os reducirán, pecadores, a la nada, desharán vuestras formas, silenciarán vuestros nombres y os enviarán a la negra aniquilación que os merecéis."
Y también a los humanos: "Renunciad a los dones corruptos de estos rebeldes, renunciad a vuestro inmerecido conocimiento y podréis recuperar el favor de vuestro Creador. Vuestras obras pecaminosas serán erradicadas del mundo, y vuestras mentes serán liberadas de su perversa acuidad. Todo será como era antes... ni siquiera sabréis que nada ha cambiado".
Los Elohim se revelaron, y gracias a Lucifer, Los Caídos ganaron, pero no fue una victoria completa; algunos habían perdido su coraje y decidieron ir con Miguel, algunos humanos también siguieron esos pasos, pero lo más movilizador para Lucifer ese día no fue la victoria contra Miguel, sino el agradecimiento y la lealtad expresados por Adán y Eva.

El castigo divino

Ante la rebeldía de la "Hueste Impía" de Lucifer, Miguel dejó caer el Castigo Divino, otorgándoles un tormento y un nuevo nombre a sus Casas (la Casa de Lucifer solamente recibió un nuevo nombre, fueron ignorados).
Tras esto, la Hueste de Miguel se retiró y organizó barreras de defensa rodeando a los humanos que decidieron seguirlos, protegiéndolos de la Ira de Dios.

El nuevo orden

Su Ira había destrozado la Tierra, dejándoles al resto un mundo roto. Con la perspectiva de este nuevo presente, la Hueste Impía se dividió en Legiones acorde cada una a lo que pensaba que sería su deber de ahí en más. Los cambios generan nuevos cambios y, a partir de entonces, las antiguas jerarquías desaparecieron, dando lugar a nuevos rangos y títulos basados en talento, fuerza y mérito.

Una época de maravillas

Las Legiones se dispersaron por la Tierra estableciendo fortalezas, Catedrales. Pero mientras éstas se construían y crecían, la guerra no se detuvo.

El Paraíso perdido y la Ruptura de las Legiones

Y con Caín, el Tercer Mortal, el Primer Asesino, nacieron los crímenes de pasión, ira y odio. Se habían desencadenado los pecados del hombre.
A partir de esto, las Legiones se disolvieron. Hubo una ruptura, pero seguirían acudiendo al llamado de Lucifer, aunque no volverían a seguirlo a ciegas. Quizás, hubiesen elegido el camino equivocado al revelarse ante el Cielo.

La Era de las Atrocidades

Parte de los Elohim se dedicó a traer la muerte, miseria y destrucción a su paso, y una nueva oleada de ángeles, los Malhim, descendió del Cielo dispuestos a batirse a duelo.

La Era de Babel

Las Legiones volvieron a reunirse y se plantearon un nuevo objetivo: elevar a la humanidad. Lucifer escogió a diez de sus criados y los aleccionó y envió a recorrer el mundo. Éstos tenían la misión de enseñar a los humanos los secretos de la Creación y del Cielo, fueron llamados Vigilantes.
Un traidor de la Casa de Lucifer urdió un plan para frustrar tal experimento, sugirió a sus seguidores que se emparejaran con mortales, creando así una nueva raza, los Nephilim.
Éstos, con el paso del tiempo, terminaron destruyendo a los Diez y usurparon su papel. Su reinado fue breve, Lucifer abatió a todos aquellos que encontró.

La Ruptura

En vez de convertirse en dioses, la iluminación de la raza del hombre se resquebrajó bajo la carga de las nuevas revelaciones. La Ruptura tuvo consecuencias más nefastas: la fragmentación de la lengua mortal. Nunca más volverían a verse a sí mismos como una sola raza, unida por un padre y una madre en común.
Pero tuvo también otra consecuencia: ya no podían mirar a los Elohim y comprender con claridad qué veían. Su recuerdo se convirtió en germen de mitos y leyendas, espíritus de la superstición que algunos adoraban mientras otros preferían ignorar. Aunque quisieran ayudar, no podían. Los mortales se habían fragmentado de tal modo que se habían vuelto inefables para ellos, y así, su ilimitado torrente de fe y devoción se secó por completo.
Las ciudades se fueron desmoronando.

El principio del fin

El experimento había fracasado, y pese a todo el poder de los Elohim, nada podía restaurar la inagotable devoción de la humanidad. Los mortales estaban ciegos a ellos, y ellos estaban privados de la fe a la que habian llegado a acostumbrarse. Se habían olvidado de la hueste con el caos de la Ruptura, pero el Cielo no los había olvidado. En su hora más oscura, la Hueste los abatió. Los Malhim sitiaron sus escasas ciudades y redujeron a escombros todos sus esfuerzos.
Los sitiaron e impusieron Su castigo: los condenó a la oscuridad eterna, a una interminable existencia hueca, desprovista de propósito o valor.
Lucifer preferiría enfrentarse a las tinieblas de pie que doblar la rodilla de nuevo ante un Dios indiferente.
Mientras él estuviera con los Elohim, ninguna prisión forjada en el Cielo podría retenerlos. No se doblegarían ante la tiranía de Dios, ni en la Tierra ni en el Infierno. No se someterían. Algún día la justicia sería suya.
Luego se cerraron las puertas del Infierno, y comprendieron que en verdad habían sido repudiados. Lucifer no se encontraba entre ellos.

El encarcelamiento

Estaban preparados para sufrir dolor e indignidad, pero la venganza del Cielo fue mucho más cruel de lo que podían imaginar. Íban a ser olvidados, consignados a una bóveda de tinieblas hasta el fin de los tiempos.
El Infierno era un lugar frío, un vacío absoluto en el que no había nada. No podían hacer nada por aliviar el encierro, puesto que no había materiales con los que trabajar. Estaban completamente solos. Lo único que les quedaba eran los recuerdos y arrepentimientos. Quizá Dios los hubiera confinado para obligarnos a lamentar
la rebelión. Si ése era Su objetivo, jamás podría haber estado más equivocado. Sin nada más que el dolor y frustración, encerrados en un limbo sin vida sin, sin esperanza de liberación, incluso los más fuertes se rindieron a las visiones de cólera y los sueños de terrible venganza.
Aun entonces, se podría haber evitado su descenso a la locura. Con el tiempo, tal vez hubieran aprendido a hacer las paces con su suerte. Pero el único espíritu que podría haberlos librado de aquella pesadilla e inspirado para encontrar la manera de soportarlo, no estaba entre ellos.

Las Facciones

Sin un Lucifer que los uniera, el conflicto era inevitable; cada facción se atrincheró en sus ideas e intentó convertir al resto, a veces con palabras, a veces por medio de la fuerza.
Mientras las facciones del Infierno peleaban entre sí, se producían sublevaciones en su propio seno. Sus guías se convirtieron en tiranos que dictaban las acciones de sus hermanos en su propio provecho. Si antes los príncipes los habían orientado, ahora los gobernaban, obligándonos a obedecer recurriendo a sus Nombres Verdaderos. Los arrastraban a sus riñas, tanto si querían ir como si no.

El Maelstrom

Hubo ocasiones en que pensaron que las paredes de la prisión se desmoronarían. En cinco ocasiones desde el encarcelamiento rugió una tormenta de terrible poder por todo el reino de los espíritus y azotó los sellos del Abismo. Algunos declaraban en cada ocasión que se aproximaba la hora de su liberación, que la Creación tocaba a su fin y que pronto cesarían loss padecimientos. En cada ocasión, se equivocaron. Las puertas del Abismo seguían siendo tan fuertes como antes, y la libertad era nada más que un sueño borroso en unas mentes obnubiladas por el odio. Y entonces, en un instante, todo cambió. Sintieron la crecida de dolor que señalaba otra tormenta, penetrante y feroz, inundándolos de dolor y éxtasis. Se amontonamos ante la barrera que separaba el Infierno y el reino de los muertos, ansiosos por acrecentar el sufrimiento de aquellas almas que pudieran tocar y embeberse del placer que les reportaría. Cuando se concentraron en aquellas almas, comprendieron que podían sentirlas con una claridad que les había sido negada desde el día del encierro.
Corrieron hacia aquellos focos de claridad. Se abalanzaron sobre la mismísima frontera exterior del Infierno y vieron lo que nunca habían esperado ver. Las grietas que había practicado la tormenta. Eran lo suficientemente amplias para permitir la huida de los más pequeños. Aunque esperaban que desaparecieran, permanecieron allí, innegablemente abiertas. La palabra de Dios no las cerró. Los ángeles no las defendieron. Las observaron fijamente y soñaron, temieron y odiaron a un mismo tiempo. Las puertas del Infierno estaban abiertas. Podían regresar al mundo. ¿Había acabado el castigo?

El éxodo

Si bien algunos habían ido desapareciendo, nadie los había visto escapar, sin que ellos lo supieran, habían Magos que los invocaban.
Al final, la decisión de partir no fue propia. Los príncipes, al ver la ocasión, pero sabiendo que las grietas no eran lo bastante grandes para permitirles escapar, invocaron los Nombres de sus sirvientes y los enviaron volando a la tormenta desatada al otro lado. Salieron del Infierno con el corazón cargado de miedo y esperanza y la orden de liberar a sus amos. “Liberadnos. Libradnos y la venganza será nuestra”.
Los ángeles no salieron al encuentro de los que lograron escapar. Aquel mundo no se parecía en nada al que habían conocido. La belleza de la Creación parecía haber sido reemplazada por una monotonía de formas desprovistas de alma ardiendo en su interior. Donde antes hubiera hermosos jardines y grandes colinas llenas de todo tipo de vida, ahora había grises bloques de piedra y acero que parecían no obedecer a más propósito, que el de aplastar el espíritu de los que habitaban en su interior.
La gente deambulaba por aquellos cañones estériles, pero no eran humanos tal y como los conocían. Estas criaturas habían renunciado al servicio del Cielo de consolar, proteger y educar, habían cogido la divinidad de su interior y la habían malogrado. Parecían verse a sí mismos y sus obras como algo separado del resto del mundo. Comprendieron a duras penas lo que veían, el Abismo continuaba tirando de ellos, intentando arrastrarlos de vuelta a su horrible abrazo. Sintieron cómo se desgarraba su ser, diciéndoles que ése no era su lugar, que pertenecían al Infierno. Cada segundo que pasaban en el mundo real se convertía en una lucha contra el impulso por abandonarse y dejar que las tinieblas los succionaran. Pero sus príncipes les habían dado una orden utilizando su Nombre, de modo que no podían huir. Tenían que quedarse y encontrar la forma de liberarlos. Más que eso, no querían irse. Había demasiadas cosas que ver, demasiado que comprender, demasiado que hacer. La única garantía de sobrevivir siendo un espíritu en un mundo de carne pasaba por unirse a esa carne. Sólo tenían que encontrar un cuerpo que los aceptara.
Cada uno de encontró un alma herida que resonaba en su lugar. Cada uno encontró un alma herida que resonaba con su propia naturaleza, con la esperanza de que eso les permitiera cohesionar más fácilmente con la carne.
El odio del demonio y las pasiones del humano se encontraron, y parte del ángel que fueron una vez cobró nueva vida en esa fusión.
Por un momento, se volvieron locos. El demonio no podía asimilar la experiencia humana, y el cuerpo humano no podía asimilar al demonio en su interior.

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